Leyendo el Manifiesto Cyborg

El Manifiesto Ciborg es un escrito reflexivo sobre la potencialidad simbólica y política del proceso de construcción discursiva del cyborg, como una ficción liberadora de las categorías sexo, género, clase y raza.

El Manifiesto se divide en 5 partes:

“El sueño irónico de un lenguaje común para las mujeres en el circuito integrado” es una introducción sobre la figura cyborg y sus características simbólicas. En este apartado, con ironía se reimagina una figura sin límites, mientras enuncia los límites de la humanidad.

Haraway nos dice que “la vida humana se basa en ficciones” y por lo tanto, la evolución de lo que significa ser mujer en nuestras sociedades: los cambios se han dado a partir de ficciones, del imaginario individual que se vuelve colectivo. Y con esto nos invita a ficcionar otras formas políticas de ser mujeres. “Tanto los chimpancés como los artefactos poseen su propia política. ¿Por qué no nosotros?” reflexiona.

En “Identidades fracturadas” la autora reflexiona sobre la diversidad de las mujeres. Hace una crítica a los feminismos tradicionales: cuestionando lo simplista y reductivo del discurso político de la mujer, que niega las experiencias de las mujeres no blancas. La teoría clásica, suprime la particularidad femenina.

Identifica que el reconocimiento de las mujeres como grupo social, prtagonistas de los imaginarios colectivos surge a partir de la segunda guerra mundial. Y afirma que el papel de las feministas tradicionales fue por mucho tiempo el de fiscalizar la “desviación de la experiencia femenina oficial”.

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“La informática de la dominación” inicia con una afirmación sobre la importancia de reconstruir, reimaginar y reajustar las relaciones sociales con respecto a la ciencia y la tecnología.  Nombra al capitalismo industrial como base de las inequidades.

Enuncia que el auge de la ciencia y la tecnología, desde la microelectrónica hasta la biotecnología, es un fenómeno disruptivo que afecta todos los ámbitos de la vivencia humana, incluso la reproducción sexual. El ciborg, explica, es “yo que las feministas deben codificar”.

Harraway nos aclara que estos análisis y las potencialidades de cambio dependen principalmente de las relaciones estructuradas en los seres humanos. Y en este capítulo también  se enfoca en la “economía del trabajo casero fuera del hogar” como resultado de prácticas industriales del capital: denuncia la feminización del trabajo, es decir un auge en aquellos puestos de trabajo considerados de “servicio” que se caracterizan por ser vulnerables.

Las mujeres aparecen el ámbito laboral como un pilar importante para mantener el sistema económico, trayendo consigo además las cargas de género: son responsables no sólo de su bienestar individual, sino el de sus familias (niños, niñas, hombres y personas de la tercera edad).  Harraway explica que para lidiar con esta complejidad, las mujeres han tenido que generar “alianzas intergenéricas e interraciales, no siempre agradables”.

“Las mujeres en el circuito integrado” la autora enuncia que “tarea es sobrevivir en la diáspora” refiriéndose a que la vivencia de las mujeres en la sociedad ha sido enmarcada en siete espacios: hogar, mercado, puesto de trabajo remunerado, estado, escuela, clínica-hospital e iglesia.

Al identificar y analizar cada espacio, se evidencia que realmente no “existe” un lugar para las mujeres. Cada espacio ha sido codificado desde la experiencia masculina universal, por lo tanto la vivencia de las mujeres en los mismos es limitante.

También denuncia que el sueño feminista de lograr unificar todas las luchas de las mujeres, la búsqueda de un lenguaje común resulta ser una búsqueda imperialista, que a largo plazo borraría las particularidades femeninas.

Para concluir, en “Ciborg: un mito de la identidad política” la autora plantea que las feministas deberían “abrazar explícitamente” la ruptura de los límites entre organismo y máquina.  Al enunciar la contraposición entre lo natural/orgánico y lo fabricado/tecnológico, las feministas están desaprovechando la oportunidad de resignificar el discurso político de las identidades femeninas.

Las diferencias, generadas por los mismos sistemas capitalistas, en los entornos laborales deben ser analizadas desde la interseccionalidad. “Las historias femeninas de cyborg tienen como tarea la de codificar de nuevo la comunicación y la inteligencia para subvertir el mando y el control” afirma.

Destaca la importancia de la escritura y la lectura, ligada directamente a la capacidad de contar nuestras propias historias y como fuente principal para la perpetuación del mito. Harraway identifica y destaca el valor de la ciencia ficción feminista como medios de difusión para la figura del ciborg, una figura con posibilidades políticas radicalmente diferentes a las de los hombres y las mujeres.

El Manifiesto Ciborg es un texto precursor para muchos análisis contemporáneos sobre la tecnología. Harraway logra, teniendo la figura cyborg como hilo conductor, hacer un análisis integral de las industrias tecnológicas y las diversas realidades de las mujeres dentro de las mismas.

En el manifiesto, además, se evidencia que el feminismo tradicional no ha sido capaz de reconocer la diversidad de experiencias y vivencias; y que es a través de la asimilación y aceptación de las posibilidades discursivas del ciborg que se pueden lograr cambios en nuestras sociedades.

Al nombrar al cyborg como “hijo bastardo” del militarismo y el capitalismo, también enuncia que esta figura se encuentra en disputa y debe ser resignificada para beneficio de las mujeres.  

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